Sangre y Tinta

jueves, 11 de julio de 2013

Hay Quien se Marcha en un Día Nublado

Esta noche, en algún lugar, una estrella se apaga cerca del horizonte. Esta noche, en algún lugar, un pájaro escapa de su jaula.

En algún lugar nacen las flores de un mes que no es julio, pero tampoco primavera. Allí afuera se extinguen los fuegos de miles y miles de hogares, preparándose para recibir el sueño y la madrugada.

Contame que más pasa allá afuera, cosas inimaginables y extraordinarias. Quiero ver aquello que vos ves, esas pequeñas cosas que se esconden dentro de las cáscaras de las nueces y en el vuelo de las mariposas. Mostrame qué gusto tiene el viento y qué se siente sentarse sobre el pasto para dejar de pensar.
El gusto de la lágrima es dulce, me pareció escucharte decir, cuando se derrama sobre el papel. Sin embargo borronea la tinta y el lápiz, y nunca lo que se hizo podrá verse como era en un principio.

Quiero que me pintes aquellos cuadros que nunca vi. Que me digas cómo hacer para dibujar una sonrisa en mi cara mientras te pido que te quedes. Quedate o andate, pero no me sigas, no me busques ni me pienses. Quiero que me enseñes cómo mirarte a los ojos, cuando se que no volverán a mirarme.

Por favor, decime cómo reponer el tiempo perdido. Cómo curar esos años mal gastados en todo lo que no pudimos hacer. Llevame ahí donde el tiempo no es tiempo y las cosas se pueden volver atrás.

Quiero saber cuándo va a estar bien olvidarte. El momento en que distraerme de tu ausencia va a dejar de generarme culpa o tristeza. Quiero estar ahí cuando me perdones por la indiferencia.

Necesito tantas cosas y todo te lo llevaste a cuestas, caminando hacia ninguna parte. Estaba nublado, el cielo color blanco como el hueso. La altivez en la frente y ningún pensamiento en la cabeza, no parece la forma de marcharse. Sin embargo, y como todos los que se van, en tu cara se ve el semblante de los que saben algo y por picardía no lo cuentan. Con ellos se va todo lo que podríamos haber aprendido y a lo mejor mucho más, no hay forma de saberlo.

¿Por qué se apaga la estrella? ¿Por qué se escapa el pájaro? ¿Por qué te escribo con tanto dolor en el pecho, y sin embargo aún no termino de escribir?

Supongo que lo sabe pero no querrá decirme. Ya se fue, por aquella puerta entreabierta, y algo me dice que nos volveremos a ver.

Nos volveremos a ver, querido mío, todavía hay muchas cosas que me tenés que contar.

domingo, 23 de junio de 2013

Empiece Por El Final



En una habitación oscura, un hombre encuentra un baúl, y dentro, un viejo libro. Lo saca con cuidado, temiendo que pueda romper las polvorientas páginas tan sólo con su mirada curiosa. No sabe que es pero hay algo en su interior, algo que respira entre esas amarillentas hojas de papel, que le dice que ese libro le pertenece. A él y a alguien más que él. Que le pertenece a una eternidad de "dueños" que irrevocable e inexorablemente, termina en su lastimosa persona. Con cuidado abre el libro por la mitad y lee la primer frase de la página 42: "La historia que leíste empieza de nuevo..."

Un escritor espanta las moscas con un diario enrollado. Una ola de calor está golpeando la ciudad de Los Ángeles, o así asegura el ejemplar del L.A. Times que atentaba contra la vida de media docena de insectos. Pero al escritor no le interesa, está demasiado ocupado pensando en las siguientes palabras, en cómo continuar esa maldita historia que lo tiene loco, sin comer, sin dormir, sin siquiera ver a su esposa. Es que Catherine siempre le dijo que era un... ¿cómo era la palabra? Ah, sí. Un maldito enfermo trastornado. Al menos así se había referido a él la última vez que cruzaron palabras. No era su culpa que tuviera pesadillas todas las noches y se levantara gritando por las luces y los estruendos. No era su culpa que el libro que iba a sacarlos de la ruina le estuviera llevando una eternidad.
                De mandíbula cuadrada, ojos negros y rasgos bien parecidos, el escritor podía considerarse un buen partido, aunque Catherine siguiera pensando que no estaba bien de la cabeza. Pero eso no le importaba. Sólo le importa el libro.
                Recuesta su cabeza sobre el escritorio y trata de pensar, si tan sólo pudiera seguir la historia...
Entonces entra la esposa. Catherine. Hermosa en su vestido rojo bien escotado y maquillada para salir. Demasiado maquillada. El escritor se sobresalta y la mira mientras ella se queda con una mano en el picaporte y una pierna dentro de la habitación. El escritor no entiende qué hace Catherine llegando a esa hora de la madrugada, no entiende qué hace Catherine tan arreglada, y mucho menos entiende por qué trae de la mano a Phil, su mejor amigo.
"Cat... What's the meaning of this?" pregunta el escritor, atragantándose con su propia bilis. Se podía sentir el pesado aire inundando la habitación y la tensión que lo cortaba como si fuera un cuchillo.
"John... Wait... It's not what it looks like..."
De repente John entiende. Se dirige a la cómoda y saca su revólver Luger, recuerdo de Montecassino y sus amigos Nazis. Phil recibe la primera descarga en medio del pecho. El escritor ve la sangre manar de su pecho mientras la sabandija cae de rodillas con los ojos apagados. Cat abre su boca en un grito mudo y mira a John con horror, incapaz de creer lo que ve. John sabe que es demasiado tarde para pensar, demasiado tarde para perdonarla. Entonces, mientras contempla sus hermosos ojos azules, se da cuenta el giro del libro. Ese no sequé que le faltaba. La historia no termina, nunca termina, la historia empieza de nuevo en el final...
"NO, JOHN! NO!"
Apunta al corazón de Cat y ve su Luger refulgiendo bajo la luz de la Luna. Un hermoso destello negro y luego...

Retumban los tacos de los hombres marchando en formación cerrada, saludando con la palma en alto al General al pasar por los restos de un pueblo destrozado. Los soldados son altos, son fuertes, son despiadados. Todos y cada uno dispuestos a defender a su patria y a morir por su Führer. O eso piensa Otto, el joven soldado raso del 10° Ejército de la Wehrmacht.
19 años en este mundo le había enseñado pocas cosas. Entre ellas el amor a su madre, pobre vieja, y ella le había inculcado el amor a la raza y a su país. Sí, Otto sabía que lo más importante era la gloria de tu nación. Y si los judíos estaban destruyendo Alemania, era justo que Alemania se defendiese. Esa noche marcharían sobre Montecassino y barrerían a esa porquería norteamericana.
O eso pensaba Otto, hasta que un norteamericano le clavó su cuchillo en la yugular. El yanqui había pasado un tiempo en Italia y había aprendido algunos movimientos. Sí, eso debía ser. O eso pensó Otto mientras veía desde el piso como el yanqui se robaba su Luger y corría entre los escombros. Eso fue lo último que pensó Otto mientras la sangre se escurría entre sus labios.

El sol de la Toscana brilla alto en el cielo, eclipsado solamente por el vuelo de los bombarderos Aliados. Brilla sobre el hombro de una hermosa quinceañera italiana, que mientras mira los aviones, sonríe pensando en la noche que acaba de pasar. No sabe su nombre, sólo que es americano. Se conocieron en el mercado del pueblo, mientras ella hacía las compras. Él la había mirado con tal deseo, que se sintió acalorada en un segundo. De inmediato se le acercó y le dijo unas dulces palabras al oído. Obviamente no entendió nada de la palabrería del yanqui, pero quedó cautivada por esa mandíbula cuadrada y esos ojos negros. Esa noche se encontraron detrás de un gallinero y no perdieron tiempo. Le dolió muchísimo pero ese dolor se fue transformando de a poco en placer, hasta que fue una completa locura. Ni cuenta se dio de que el yanqui se había ido. Se vistió como pudo, con las piernas aún temblorosas, y volvió a su casa. Recordó entre brumas haberle dicho que lo amaba y que volviera por ella. Le pareció que él asentía. Recordaría esa noche por el resto de su vida.

"GRANDISIMA PUTANA!" grita Don Vittorio Maroni, mientras le parte la cara a golpes a su hija Francesca. Se concentra en la cara, eso sí, porque como buen cristiano nunca golpearía en el vientre a una mujer embarazada. Aún si fuera el fruto de un soldado extranjero.
Francesca intenta explicarse pero las palabras salen seseantes entre los dos dientes que su padre le había soltado. Intenta decirle que lo siente, que está muy avergonzada, que si hubiera podido no lo hubiera hecho, que ama estúpidamente a ese norteamericano y que él le había prometido que algún día volvería por ella y reconocería a su hijo.
Maroni solo escucha un lastimero "lo amo papa..." antes de reventarle el tabique de un puñetazo.

Un niño viaja a bordo de un barco rumbo a Buenos Aires. Va de la mano de su madre. Hace frío y tiene sueño, pero su madre dice que deben esperar a que se desocupen las camas. No se parecen mucho, Antonio y su madre. Ella es una mujer hermosa, aunque algo apagada. Con sus 20 años, su silueta siegue siendo esbelta y delicada, pero su cara refleja el cansancio de criar a un niño sola. Además, su nariz torcida revela un pasado un tanto violento. Su cara es redonda y flaca, y sus ojos color marrón claro. En cambio el pequeño es risueño y robusto, de mandíbula cuadrada y ojos negros como el carbón.

Antonio está muy emocionado por llegar a Buenos Aires. Según dicen, es la tierra del trabajo y todos con los que había hablado le prometían una vida mejor para él y su madre. No es que Antonio se quejara de su vida en Italia, pero desde la muerte del Nono, las cosas habían estado empeorando. Él nunca conoció a su padre, y su madre ya no quería vivir de la caridad de sus parientes. Con sus 5 años, Antonio siente que lo mejor es empezar de nuevo en otro lugar.
Se instalan en un edificio cerca del Riachuelo, una pieza para ellos solos. Antonio de inmediato se hace amigo de los demás inmigrantes del barrio, hombres grandes y malhumorados que lo insultan en Napolitano o Calabrés, o matronas amorosas y gentiles que le cantan canciones de aquella Toscana de la que ya ni se acordaba. Empieza a ir al colegio, y así aprende a leer y a escribir, además del castellano que domina en unos pocos meses. Cada día ve más cansada a su madre, pero no la culpa. Trabaja todo el día en el puerto y por las noches a veces le pide que se vaya a dormir a lo de un amigo porque necesita la pieza para trabajar.
Una noche Antonio vuelve a su casa sin avisar. Manuel, del colegio, le había pedido la tarea y él se había olvidado el cuaderno en la cómoda. Antonio tiene 10 años ya. Llega a la puerta de la habitación y escucha ruidos extraños. Gemidos y susurros apagados. Con miedo, abre la puerta y la imagen se congela en un instante. Su madre desnuda sobre un hombre, también desnudo. Su cara, contraída en una mueca de placer, se refleja en el espejo sobre la cabecera de la cama. Las manos del hombre agarran firmemente el culo de su mamá. Escucha el ruido viscoso y el golpe repetitivo de la carne contra la carne. Un escalofrío, visible bajo la piel de la mujer, recorre su espalda en el instante en que sus ojos se encuentran en el frío reflejo. El hombre también lo ve, y su poblado bigote se crispa como un erizo enojado.
"¡Por dios, mujer!" grita el hombre mientras se levanta y pone los pantalones en un solo movimiento "¡No sabía que teníais un crío! ¡A tomar por culo esto, yo me voy, ni creas que voy a pagarte!"
Antonio apenas siente el hombro del español golpeando el suyo cuando sale apresurado de la pieza. Lo único que ve es a su madre, sentada en la cama, llorando desconsolada. Sin explicaciones, sin excusas. Solo llanto y vergüenza.
Con un hilo de voz, Antonio sólo pregunta.
"¿Quién fue mi padre?"

Un muchacho conoce a una muchacha y se enamoran. Él, un pobre laburante y ella, una acomodada estudiante. Él le cuenta de su vida como albañil mientras estudia Ingeniería en la Tecnológica Nacional. Ella le cuenta de los Clásicos que le hacen leer en su clase de Literatura. Un hombre besa a una mujer y se casan. Él, un Ingeniero respetado. Ella, una Licenciada y escritora reconocida. Él, un italiano de origen humilde. Ella, nieta de españoles con mucho dinero. Un hombre ama a una mujer y tienen un hijo. Él lo quiere llamar Giovanni, en honor a un amigo de la infancia. Ella acepta, siempre y cuando se apellide Maroni-García, como los dos. Un hombre y una mujer pierden a su hijo y lo intentan de nuevo. Él ya no tiene tanta esperanza. Ella ya no es tan fuerte como antes. Un hombre tiene un hijo y pierde una esposa. Él está devastado. El niño lo impulsa a continuar.
Un hombre y un niño compran una casa en el barrio de Flores. Viven ahí por muchos años. Él muere en su cama. El niño lo entierra un lunes. Él lo extraña demasiado.

Federico Maroni es hijo único. A sus 30 años hereda la casa de su padre en la calle Bacacay. Aún siente que la presencia de su padre es muy fuerte. Se le forma un nudo en la garganta con cada vuelta de la llave. Entra y siente un olor a encierro particular. Habían pasado 5 días desde el entierro, y nadie había entrado a esa casa en todo ese tiempo. Federico no sabe qué hacer. Por un lado, la casa le trae demasiados recuerdos y quería venderla a toda costa. Por otro lado... la casa le trae demasiados recuerdos. De a poco se va adentrando, abriendo las ventanas y cortinas. Agradece al cielo que el gato se hubiera escapado ese día, sino lo estaría viendo muerto en ese mismo momento, ahí sobre la alfombra. Llega a la habitación del viejo y los ojos se le van llenando de lágrimas. Recuerda los días de escuela cuando le hacía el desayuno antes de que se fuera, el día en que le agarró aquella gripe que casi se lo lleva (nunca había visto llorar a su padre antes), aquella noche que estaba con Lorena y el viejo entró sin avisar pero sin decir nada se dio media vuelta y se fue. Tantas cosas que ya no estaban más que en su recuerdo, habiendo perdido a la persona con quien las compartiste.
Una fuerte inhalación y Federico entra a la pieza. Está igual que como la recordaba.
Sin embargo, algo le llama la atención. A los pies de la cama, el viejo baúl de su padre. En sus 30 años de vida, de los cuales había vivido 23 con su padre, nunca había visto abierto ese baúl. Ahora que su padre había muerto, no veía razón para seguir guardando el secreto. Como no tiene la llave, baja al garaje donde su padre guardaba las herramientas y elige un pesado cortafierros para hacer el trabajo. Con un par de golpes, logra abrir la cerradura.
Dentro encuentra un montón de papeles. Direcciones, nombres, la mayoría en italiano. Incluso encuentra una carta del Gobierno de los Estados Unidos. Revuelve entre un diario de 1955 que habla de un brutal asesinato en Los Ángeles y de la ola de calor que mata a muchas personas. Federico revuelve y revisa, incapaz de hallar lo que está buscando.
Busca a su padre entre los papeles. Busca a quién lo dejó allí, sólo y confundido, sin saber a dónde ir, por dónde caminar. Aquél que no se rindió cuando todo parecía venirse abajo. Aquél que lo amó por sobre todas las cosas. Busca a su papá entre los papeles y se pierde entre el polvo y los recuerdos.
Federico espera encontrar algo. Espera encontrar el final que defina nuestra historia.
Sin embargo, Federico encuentra algo muy diferente. En una habitación oscura, un hombre encuentra un baúl, y dentro, un viejo libro...

lunes, 23 de abril de 2012

Se Busca


Desde chico que tengo una manía con el diario. Los artículos, las portadas, las fotos a todo color o los dibujos que son mitad tinta y mitad cinismo desaforado, adornan esas enormes páginas color gris, provocando que me sintiera un adulto cuando las sostenía entre mis dedos.

Sin embargo, había una sección en particular que me fascinaba terriblemente: los clasificados. Si uno busca encuentra, dice el dicho. Lo que no te dicen es que si buscas muy bien, podés encontrar todo tipo de cosas. Rubro por rubro gente de toda la ciudad ofrece sus servicios, vende cosas, busca gente y trata de conectarse, por unos cuantos pesos, con el lector ocasional.

Hubo una vez en que, revisando los clasificados, mis manos no llegaron a agarrar todas las hojas, por lo que varias se cayeron al suelo. Me agaché a levantarlas, una por una, y cuando levanté la última, me llamó la atención un aviso en el margen de la hoja. La letra era chiquita y chata, con esas abreviaciones que uno encuentra cuando te cobran por cada letra que usas.
 Esto era más o menos lo que decía, sacando las abreviaciones para que se entienda mejor:

Se busca:

Mujer, 16-20 años, soltera, 1.50-1.60m de altura, preferentemente morocha. Bonita pero no divina, ingenua pero no tonta, sagaz pero no cínica. Inteligente pero no erudita.
Que le guste querer y que la quieran con locura. Que se apasione por cosas que no entiendo y se desviva explicándolas. Que no de vueltas como un trompo, pero que tampoco sea directa como una locomotora. Ha de ser delicada y gentil, con esa risa suave y callada que tienen las alondras y los colibríes; y como ellos también ha de volar y moverse entre el viento.
Que quiera aprender y enseñar. Aprender a silbar, a contar cuentos, a pasarse la noche despierta escuchando la radio. Que me enseñe a bailar, a dejar de ser un desubicado y a dormir bien por las noches.
Que le guste leer y que escriba por placer, o por vicio. Que me discuta cuando tengo razón y me de la razón cuando esté equivocado.
Quiero que me necesite y yo necesitarla a ella; y no como la flor necesita al sol o a la lluvia, sino más bien como esa querencia detrás de una carta que hace tiempo uno andaba esperando y que por fin recibió.
Tiene que ser la paz en persona, para calmarme cuando necesito ser calmado. Tiene que ser frágil como el cristal y dura como el roble. Tiene que ser una mujer en el cuerpo de una niña, y una niña en frasco de mujer.
Tiene que ser todo esto y mucho más, y eso que me conformo con poco.
Zona Flores-Parque Avellaneda. Teléfono 46……….

Todavía guardo ese recorte. Ya sé que es una estupidez, muy romántico y novelesco de mi parte, pero lo guardé con la loca idea de saber qué le pasó a ese pibe. Mi vida ahora es complicada, con las responsabilidades de la gente que dice ser adulta, pero me gustaría un día agarrar el teléfono, llamar al número del aviso, y preguntarle: “¿Encontraste a la mujer que buscabas? ¿Sos feliz ahora?”

Todos vamos en la búsqueda de la mujer perfecta. O del hombre perfecto. A veces uno encuentra a esa persona, pero resulta que no era ella. Otra gente tiene más suerte y la encuentra para toda la vida.

Creo que todos deberíamos tener ese teléfono, ese que hace tantos años uno memorizó y que ahora se pierde entre los millones de números que manejamos día a día. Deberíamos tenerlo y llamarnos para hacernos esa pregunta: ¿Soy feliz?

¿O acaso pido mucho?

jueves, 15 de marzo de 2012

Malpaso



A veces me pregunto por qué nos dejamos arrastrar por la mentira. Si lo piensan con cuidado, el humano es perfectamente capaz de captar las intenciones de aquellos que nos rodean. Un observador imparcial, incluso ajeno a la condición humana, creería imposible que un organismo tan avanzado en la escala evolutiva, pueda dejarse engañar por una puta mentira. El problema es que Dios tiene un extraño sentido del humor.

Precisamente aquí es donde me encuentro, a cinco pasos de cometer el error más grande de mi vida. Lo que me trajo a Malpaso, pueblo olvidado si los hay, no son las razones que un individuo normal podría tener; ni siquiera las que un demente tendría. ¿Eso me hace el más loco de todos?

Supongo que mi historia es la de muchos. Pueblo chico, infierno grande. La niña más linda del condado no siempre fue así, perfecta y delicada. En una época fue una cría roñosa y desubicada, corriendo por las calles y tirando piedras a los autos. Así la conocí y así la quise. Así crecimos.

Las pasiones arden con fuerza cuando uno es joven. Joven y estúpido. En ese entonces la roña ya se había lavado, y la rebeldía era reemplazada por un cinismo exquisito. Un desprecio mesurado. La receta perfecta para atrapar moscas, como un cuchillo untado en miel. Un cuchillo muy filoso.

Su hoja cortó mis alas y tuve que caer en su regazo. Incapaz de despegarme de su dulzura y su control, aprendí a ser una persona. La amé tanto, tanto… Tanto que dolía. Y ella me quería tanto, tanto… Tanto como mi mente me lo repetía.

-          ¿Venís o no?

El paisaje es curioso a las afueras del pueblo. En una hilera de varias cuadras, cientos de árboles se yerguen tristes y marchitos. Ni siquiera ellos pudieron escapar de Malpaso.

Su voz me paraliza y me hace titubear, incapaz de decidirme. Mi cabeza me dice que lo más sensato sería salir corriendo, pero la sangre es más espesa y el corazón late más fuerte.


Doy un paso, dos. Vuelvo a detenerme.

La mentira es algo impresionante. Mucha gente piensa que es inherente al ser humano, un mecanismo de supervivencia, dirán. Pero yo pienso que lo realmente increíble es la capacidad de aceptar la mentira. Liberación de feromonas, tics imperceptibles en el rostro, dilatación de pupilas, ritmo cardíaco y respiratorio; todos pequeños aspectos que conspiran contra nuestra habilidad para mentir, gritando a voces lo que tratamos de ocultar. Se necesita un completo desarraigo de la realidad para ignorar todas estas señales y creer esas tres palabras de mierda:

“ELLA ME QUIERE”.

Admito que no soy el más adecuado para emitir una crítica. Como dije antes, estoy a cinco pasos de cometer el peor error de mi vida y no veo nada que pueda hacer para evitarlo. Perdón, tres pasos.

Aunque no siempre fue así. En ocasiones solía escaparme a la ciudad. Conocer gente era el placer más grande de todos, algo que no siempre podía disfrutar. A ella nunca le gustaron mis amigos. “Gente vulgar” decía. Borrachos, ladrones y adictos. Creo que no la mandé al carajo porque, a fin de cuentas, tenía razón. Siempre tiene razón.

Las cadenas eran mi especialidad. Las forjaba yo mismo, eslabón por eslabón, y no dudaba en regalárselas a cualquiera que pasase por ahí. Creía que, regalando un poco de mi arte, la gente llegaría a entenderme. Que alguna doncella llegaría y al verme encadenado tendría piedad por mí y me liberaría. Sin embargo nadie llegaba. Es más, aquellos a los que les ofrecía mis encierros, los dejaban en mi puerta, oxidándose bajo la lluvia. Sólo un idiota se encadena a sí mismo.

Fue entonces que me até a su puerta, y colgué una pequeña campana sobre ella. Así, cuando salía, yo iba detrás de ella. De esta manera dejé de ir a la ciudad y de emborracharme con los ladrones y los adictos. Poco a poco la campana fue dejando de sonar y yo fui tirando las cadenas. Aunque aún conservo la suya.

Un zapateo impaciente me taladra los oídos, apurándome, mientras la memoria me traiciona trayendo a mi mente recuerdos inconexos.

Recuerdo de niño mi afán por ser explorador. Embarcarme en una carabela y descubrir que el mundo no tenía fin; que podía navegar siempre al oeste, desembarcando en tierras lejanas que ningún hombre había visto jamás. Pero creciendo me di cuenta de que, a pesar de no tener final, el mundo carecía de algo muy importante: no había escapatoria. ¿Adónde iba a huir el pequeño en su carabela? Claro, podía escapar del pueblo y de sus costas, ¿pero qué tal si el pueblo no tenía fin? Un pueblo, un mundo… Y una cadena.

Los eslabones comienzan a ejercer su fuerza y los diminutos pasos se hacen cada vez más forzados, pero inevitables.


Tres, Cuatro...

Aunque estaba a varios metros, su mirada reflejaba nítidamente lo que más temía: desdén. Quisiera por lo menos tener la satisfacción de saber que es todo un plan macabro elaborado por ella. Que intenta, mediante embrujos, dominarme y tenerme para su capricho. Un súcubo estaría orgulloso de declararse culpable. Pero no, sus manos ni siquiera rozan el frío acero. Son mis propias esperanzas las que tiran de mis cadenas, como dos perros que confían en su amo para que los alimente. Fueron esos retazos de dulzura y la promesa de años pasados las que me mantuvieron en vela todas estas noches. Pensando que tal vez, sólo tal vez, sus labios susurraban mi nombre cuando no estaba. Nada más lejos de la realidad.

En un arrebato de lucidez puedo ver lo que me rodea. Aquello no era un bosque desperdigado sobre el camino. Ningún sembrador hubiera esparcido las semillas de esa manera, como si corriera espantado fuera del pueblo. A medida que vislumbro el paisaje, puedo ver que entre los árboles lo que parecían reflejos lejanos, son cadenas mecidas por el viento. Ahora  lo veo todo claro. Finalmente comprendo...

Entiendo que jamás saldré de aquí. ¿Y saben por qué?

Porque ella… Cinco. Me ama. Seis

Ella… Siete. Me necesita. Ocho

Yo la necesito. Nueve...

Y como un árbol, de aquí no me moveré.

-          Diez.



Ilustrado por Marina Musella


miércoles, 29 de febrero de 2012

Nueva Adquisición


En orden de aumentar el alcance artístico del blog, me es un gran honor presentar a la que será mi mano derecha en este lío. Ella va a ilustrar mis desvaríos, remendar mis argumentos con sus trazos e inspirar algún que otro proyecto futuro.
Le doy una calurosa bienvenida a mi dibujante, mi artista, mi pequeña Larusse ilustradora:

Marina Musella, damas y caballeros.

Junto con ésta presentación, adjunto su primer trabajo en la Nota de la Muerte. Para más información sobre el dibujo, los invito a leer el cuento "Clara".